Archivo de la categoría: Viajes

Cabeza de Extremadura

Ahora que nos toca volver a nuestras olvidadas soledades como tributo al tiempo que nos ha tocado vivir, vuelvo atrás la mirada a un rincón espléndido de nuestra España “vaciada” …que, quien nos lo iba a decir, puede que sea la envidia en estos momentos.

Los encuentros jacobeos son de lo más enriquecedor que se puede vivir: compartir cultura, gastronomía, pasión por el Camino que nos une…ese nos hace ricos, no los billetes en el bolsillo.

Que cierto es que Castilla va por un lado y León por otro; unidos en una demarcación política autonómica, queda claro cuando las recorres que la Historia es la Historia y pesa mucho, y fragua sus personalidades propias, no comprendidas por la mayoría de los políticos actuales, que inventan artificiosos sistemas y falsas “identidades históricas” …pero ese es otro tema.

Capitel Monasterio San Juan de Duero (Soria)

Hace ya dos años casi…y seiscientas y pico de noches, pero fue un viaje de lo más variado. Las tierras cidianas se abren en amplitud, sin prisas, sin límites…leyendas tangibles que nos dejaron los relatos se enseñorean en los muros de sus castillos que resisten el paso del tiempo y el olvido del hombre.

Así nos recibía Castilla, a las puertas de Soria. La ciudad, pequeña y familiar, con aromas de Machado por cada esquina, nos mostraba la curva del Duero, asentadero de ermitas y monasterios con ecos becquerianos. A la mañana siguiente, de San Onofre a San Juan de Duero, el espíritu del alma tranquila se apodera del caminante…y fiesta, risas con los amigos, buena comida en cada taberna…sus torreznos…cosas en apariencia frugales, que hoy son oro molido.

La tarde nos deparaba la visita más épica al solar numantino: se pisa tierra de héroes, donde se aprende el valor de lo propio y el valor. La historia merece una página más que principal, ajena a manipulaciones interesadas (en especial las políticas…): cuando pocos se enfrentan a muchos, eso gusta a los Dioses.

Casa de Calatañazor (Soria)

La despedida fue en el Burgo de Osma, ciudad que reposa sobre la riqueza de un legado histórico de cultura y monumentalidad que le da la serenidad de una dama noble que ha vivido una vida placentera. Tras el almuerzo la despedida, pero aun restó tiempo para la última visita legendaria…Calatañazor. Tambores de Almanzor aparte, la población es un nido de águila anclado en el tiempo, con todo el regusto medieval que la hace adorable para los frikis de la Historia.

Y no quedaban ahí los disfrutes. De regreso, en las profundidades del territorio burgalés, donde el Arlanza riega sus campos, duerme una princesa nórdica, roto el amor que hasta aquí la trajo, pero vivo en la memoria del pueblo y de sus nórdicos compatriotas que hasta su tumba peregrinan. Covarrubias también “engancha” a todos los niveles, sobretodo por su tranquilidad y belleza; el Monasterio de S. Pedro cerrado en eternas obras por entonces, nos desvía a uno de esos encuentros casuales, que suelen resultar los mejores. En Quintanilla del Agua se esconde una joya de la cerámica como nunca habíamos visto: Territorio Arlanza. Felix Yañez reina entre sus casas de cerámica y su creatividad arrolladora: un artesano de los sueños imposibles.

Noche entre bodegas de buen vino, como la tierra cría, y ya de regreso al Sur una última parada en Silos. Su ciprés encierra todos los silencios del mundo, y cada tramo del claustro es una lección de arte y teología, de sabiduría antigua e historia. Cálidas piedras cargadas de fuerza, que contrastan con la frialdad de la iglesia de la Abadía benedictina, pero una visita de la que se aprende más que en muchos libros. Tierras duras pero cálidas en su acogida, frontera del “extremo más duro” durante siglos, pero permeable al cruce de culturas como pocas. La España vaciada de gentes, pero también de prisas y de superficialidad, más auténtica más profunda…a valorar ahora más que nunca…otra vida es posible.

El Cerro del Cabezo

Va a hacer pronto dos primaveras…toda una eternidad en estos días que corren. Raíces de mis buenos amigos y caminantes de Jaén, tenía que probar la ancestral peregrinación al Santuario de la Virgen de la Cabeza.

Desde poco después de Marmolejo, surgía uno de los ramales que te llevan hasta la Morenita, el más histórico, que durante un par de decenas de kilómetros nos adentraba en lo más hermoso y agreste de la Sierra Morena. Naturaleza desbordante de flores y arroyuelos de aquella primavera, generosa siempre, que preñaba la tierra de colores, sonidos y olores. Todo un lujo para los sentidos.

A tramos, detrás de las trochas más elevadas, se veía, casi como en un cuento, el Cerro y la construcción pétrea de su Santuario. Leyendas, historias, tradición de la Romería más antigua de nuestra Andalucía, exhala un encanto que te envuelve poco a poco dando alas a los pies.

La llegada a Lugar Nuevo, te revela el sitio en todo su esplendor. Parece más la altura, o será que vas sobrecogido ya cuando llegas y comienzas a subir las empinadas cuestas del Santuario, dejando atrás innumerables Casas Hermandad de filiales de la devoción serrana. La cima domina los montes de alrededor y un silencio flota en el aire; presencia sentida de peregrinos que nos antecedieron y dan fuerza al lugar, el recuerdo a los héroes del cerro (gesta reconocida por todos con independencia de ideologías), y la Iglesia donde la Pequeñita, y su Chocolatín Divino, dan cariño, protección y calman el espíritu,y dan poso y energía a las piedras que se te mete muy dentro. Que alegría ver la devoción del caminante, que se impone sobre los escasos vehículos, como fue desde el Siglo XIII, como debe seguir siendo.

Un tesoro de espiritualidad, antropología, historia, tradición y Fe…pronto volveremos. Cuídense.

Los leones de Sibenik

Cuando estudiaba la honorable (otra cosa es que en el ejercicio de la misma se desbarre…) carrera de Derecho, la asignatura de Internacional fue mi preferida. Coincidió por aquellos años con la terrible guerra de los Balcanes: el mundo se giraba hacia una Yugoslavia que, aparentemente, permanecía inmutable desde la época del Mariscal Tito, como asegurando unos cimientos de barro que habían sido germen de la I Guerra Mundial y que volvían a caer bajo el peso del nacionalismo más radical. Descubrimos así  la Gran Serbia, los chetniks, las milicias croatas, los sufridos bosnios…heroicas resistencias, espeluznantes masacres, malos de opereta, y políticos armados tan solo de buenas palabras que chocaban con la bestialidad de una guerra cruel como pocas. Mediluce escribía “El amor armado”, y los más criticos nos alineabamos con su filosofía.

Un país, o muchos más bien, lejanos y exóticos a la vista del acomodado europeo, por su cerrazón heredada del Telón de Acero, y sus mezcla de culturas católica, musulmana y ortodoxa . Los giros de la vida, décadas después, nos situaban ante unas encorsetadas vacaciones con destino incierto, y la palabra “Balcanes” apareció libre en la agencia de viajes: como es habitual las playas de la costa dálmata trataban de seducir al turista…pero el viajero va más allá y los recuerdos afloraron a borbotones de nombres recordados…Mostar, Sarajevo, Sebrenitza…había una elección que  contemplaba ese destino tan, aparentemente, inquietante y gris,  si no oscuro…y allá fuimos.

El avión parecía hacer equilibrios sobre un cable invisible aterrizando en Dubrovnik. Croacia nos recibía con la mejor de sus caras: algo masificada pero hermosa, con ecos cinéfilos de Desembarco del Rey, la ciudad se nos aparecía colgada del medievo más resplandeciente cuando bajo el mando de su “serenísima majestad”, el comercio y su estratégica situación la enriqueció y dotó del alma que aun transmite. La guerra de mis recuerdos parecía no haber pasado por allí, de no ser por la sala del palacio ducal dedicada a los defensores de la ciudad…remember.

Esa palabra alcanzaría su sentido real al día siguiente, mientras nos adentrábamos en Bosnia Herzegovina y nos perdíamos en las callejas de la ciudad vieja de Mostar. Nada que ver con lo imaginado; el día, ayudado del radiante de sol, la animación de las calles, el buen recuerdo que nuestros soldados dejaron allí, junto con su sangre, en defensa del más débil… Esplendor otomano, jardines-cementerios de resistencia numantina, zoco de arte y vida a raudales. Ya con la noche llegábamos a Sarajevo.

La ciudad lucia con la alegría del que sabe apreciar lo que tiene, y valorar lo perdido. La avenida de los francotiradores, con su bullicio de tráfico, parecía no haber vivido peores tiempos salvo por los todavía visibles orificios de proyectiles de todo tamaño. hasta el icónico Hotel Holiday Inn, reducto de los sufridos reporteros de geurra que nos llevaban la guerra en directo a nuestros telediarios, tiene una chapa y pintura que lo hacían irreconocible. La vida y la convivencia relucían por doquier; la biblioteca, recrecida sobre siglos de sabiduría, volvía a levantarse orgullosa de su pasado y sentido de la convivencia…y la simpatía de sus gentes por encima de todo.

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Regresábamos a Croacia, a la ciudad de Split, con las calles tortuosas horadando el antiguo palacio de Diocleciano y su mausoleo, digno de una última cruzada, entre venecianos, bizantinos y turcos. La perla de la costa dálmata, a nuestro entender.

Camino de Zadar, una parada en Sibenik que sabe a poco. La Catedral de Santiago, custodiada por sus leones, resaltaba sobre un casco urbano pequeño pero interesante, con sus murallas acariciando el puerto…esas joyas del Adriático  que parecen menores y ocultan su valor a los no iniciados.

Zadar al atardecer, con su órgano marino, parecía agarrarse a su impostura de tiempos perdidos del Imperio Austro-Hungaro. Y al día siguiente Plivtce, con sus centenares de lagos, quizás excesivamente explotada, a pesar de lo cual sobrevive en su hermosura a este maldito turismo masivo y maleducado que le da igual estar allí que en una piscina municipal.

Los días se pasaban rápidos y ya apenas Zagreb nos quedaba. Capital cosmopolita y moderna, con su Iglesia de San Marcos, y su tejado de tarta de cumpleaños, y la encantadora luz de gas bajo la tormenta que en torrenteras parecía querer tragarse Gornji Grad en la noche. Inolvidable paseo con la ciudad solo para nosotros.

Y al final el contraste de Slovenia, rica y populosa, resguardada por sus montañas y por los dragones que, cuenta la leyenda, protegen Ljubljana y su puente, parecía sacada de un calendario. La última noche en Opatija, envuelta en su glamour decadente, antes de regresar a casa, nos dio para reflexionar como la vida se abre camino, como la historia mil veces repetida, porque no aprendemos de ella, no puede sepultar las ganas de salir adelante del ser humano que resiste, como los leones que guardan Sibenik, al paso de los malos tiempos. Fascinantes Balcanes, lección de historia.

Hacia S. Andrés de Teixido: Camino del Mar

Se acerca el mes en el que las tinieblas vencen a la luz diurna, del ocaso otoñal que nos recuerda la nostalgia de los que se fueron, y de lo que se fue; del fin de las cosechas, del céltico Samhain banalizado por el consumista halloween…es tiempo de que el peregrino retorne sobre sus pasos al calor del hogar, y los caminos se despejen a la espera de la añorada primavera. Sin embargo, hay un Camino, uno de esos olvidados,  que  en este tiempo acentúa aún más su aura mistérica; camino antiguo, camino del mar, que sirvió en ambos sentidos para llevar peregrinos por las costas norteñas de la Península a Santiago, y para guiarlos hacia un destino tan presentido en el imaginario colectivo, especialmente el gallego, como real y auténtico…

Allá por la Sierra da Capelada, donde pastan los caballos libres, cuentan que las ánimas buscaban puerto para el Más Allá…en Teixido. Es la peregrinación a S. Andrés, una de las más ancestrales de Galicia; ignorada por los foráneos, en Galicia sin embargo goza de gran predicamento…que mejor ir de vivo a conocerlo.

Como uno es precavido, nos adentramos a la aventura en Octubre (que aun el día gana la partida a la noche…), tras muchas investigaciones y la inestimable ayuda del historiador Andrés Pena y del Club de Montaña de El Ferrol. El largo viaje hacia el norte nos llevó a uno de los muchos puntos de partida que todo camino tiene, pero único por tanta belleza, historia y leyendas que lo colmatan: la península de Sª Comba. Aislada con los temporales y mareas altas, la pequeña ermita encierra los conciliábulos y tradiciones de las esencias gallegas. La paz de la caída de la tarde y el batir de olas en su promontorio rocoso tenían algo hipnótico, como si en el aire se palpara el poso de los siglos.

Ligeramente ascendente desde la costa, el Camino caracoleaba entre pequeños  asentamientos urbanos y bosques de repoblación en su mayoría, fruto de un medio domado por el hombre, hasta llegar a la fabril ciudad de El Ferrol. Con la noche llegaron las nubes que anunciaban temporal, pero al amanecer el sol rompió en el horizonte con fuerza. Hasta llegar a S. Martiño de Xubia el transitar por la ciudad parecía más bien un intento de fuga de ese exceso de civilización que son las ciudades industriales, pero a la vista del monasterio y del primer cruceiro la visión del camino se fue “humanizando”. Por fin el primer pez de S. Andrés marca la sirga.

Desde aquí parte también el hermano, y bastante ignorado por las masas ávidas de “compostelas”, Camino Ingles. Durante unos cientos de metros ambos trazados comparten recorrido, hasta que la brújula los obliga a tomar direcciones divergentes. El Molino de mareas de Aceas, como un gigante varado, marca la frontera entre el mar y la montaña, dando paso a tupidos bosques de helechos y eucaliptos que engullen al caminante y, en ocasiones, hasta la luz del sol. Tengo que recordar forzosamente aquí el trabajo denodado de los montañeros de Ferrol por mantener abiertos y señalizados los caminos naturales hacia Teixido…sin ellos habríamos vagado por arcenes de carretera más de lo debido.

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La mañana avanza y el bosque se cierra con helechales que superan la altura de un hombre, caminando por trincheras de tierra, cuajadas de setas de todo tipo y arbustos coloridos que veíamos por primera vez. Llegando a Aldea Nova los horizontes se despejan y la senda comienza a ascender lenta pero inexorablemente hacia los espesos montes. Las castañas decoran los senderos dando la sensación de que se van a poner a caminar con nosotros de un momento a otro. Los “andresiños”, y algún solitario cruceiro, nos refieren que avanzamos por el Camino correcto cuando este comienza a descender hasta As Forcadas. Los km se acumulan y ya la tarde comienza a languidecer cuando, entre los árboles, se vislumbra la Capela da Fame: la vetusta puerta de madera antigua deja ver por hendiduras y cerraduras los “maios” recientes que alejan a los malos espíritus que, según las consejas de viejas a la luz de la hoguera, habitan estos lares desde tiempo inmemorial.

Y ya fronteriza la noche (que no es seguro andar por estos caminos con ella acechando y a saber que horrores nocturnos de la mitología galaica…) arribamos a O Porto do Cabo: las crónicas cuentan que en esta aldea confluían todos los caminos hacia Teixido para hacerse uno solo. La Casa do Morcego, hogar más que alojamiento por el trato de Antonia y José, nos cobija y da calor ante negros nubarrones que cierran el cielo.

En la noche caen torrentes y la meteorología aconseja quedarse en cama calentito, pero hay que seguir.  Cruzando de mañana el medieval puente que salva el rio, comienza una lluvia fina que se convertirá en tempestad mientras subimos la dura Cuesta de Aro. Llegando a la cima, el día se serena dejándonos trastocados, como un boxeador tras la pelea; algún perro, medio lobo, se nos cruza con la misma cara de asombro que nosotros, sorprendido por la fuerza de la Naturaleza. El sol, tímido al principio, saldrá lo suficiente entre las nubes paraqué el resto del Camino sea brillante entre los helechales mojados y los bosquetes resplandecientes.

Vamos avanzando por la Serra da Capelada, siempre ascendiendo, mientras muros de verde cerrado nos doblan la altura y ocultan el horizonte; el sol acompaña y las innumerables y diferentes setas, arbustos de todo tipo entre los gigantescos y cerrados eucaliptos, dan un aire de bosque de hadas.

Escarabajos de colores brillantes que parecen gemas, casi irreales, nos recuerdan las almas que van penando hacia el Santuario, y, al dejar al Oeste Cedeira, el aire del mar cercano que parece oscurecer los bosques dándoles un verde casi negro, nos anuncia la cercanía del lugar.

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La coqueta ermita de S. Roque de Reboredo nos ofrece su prado romero donde descansar un poco. Una manada de cerdos salvajes, cruzados con jabalíes de la zona, hace retumbar el aire mientras corren por las laderas de los últimos montes cuando, entre la espesura, comienzan a surgir ancestrales milladoiros de miles de piedras, testigos de un culto antiguo que se enreda entre lo pagano y lo cristiano. Ponemos la nuestra cumpliendo con el cometido de acortar el Camino a algún difunto que no vino en vida cuando asoman los rompientes de los acantilados: manadas de caballos salvajes campan a sus anchas por ellos, y nos atrevemos al vértigo de  una bajada hasta la minúscula, en la lejanía de una costa indómita, aldea de S. Andrés.

La satisfacción es enorme, y el descenso se disfruta por una alfombra natural de hierba y musgo, jalonado de cruceros y señales del Camino. La tarde declina cuando entramos en la pequeña Iglesia de aires marineros: S. Andrés, con decenas de exvotos a sus pies, ofrece una imagen de otro tiempo…a él nos encomendamos y agradecemos otra peregrinación cumplida. Las calles populosas del fin de semana, pronto se despoblarán, pues una ancestral tradición aconseja no pasar la noche allí, para no ser confundido con las almas viajeras.

Conseguidos los “sanadresiños” y  la “herba de namorar”, el bueno de José nos recoge para regresar a dormir a O Porto do Cabo. Ya allí, con la noche empezando a caer, paseando por la derruida y abandonada Casa Bastona, hospedería de peregrinos del siglo XV, reflexionamos sobre la riqueza de nuestra tierra en cultura, historia, y buena gente, y el desinterés que, las más de las veces, las arrincona, como estos muros que cobijo dieron a tanto peregrino.

No lo olvidéis, una pena os atenazará al cruzar la Estigia del final de los días si no vais allí ahora que podéis…y, miedos a parte, una experiencia maravillosa de vida y de peregrinaje nos espera en ese otro fin de la tierra…mejor de vivos, y que nos quiten lo bailao. Buen Camino.

(Publicado en el Nº 174 de la Revista Peregrino de Diciembre de 2017)

A sal y a lluvia…

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A sal y a lluvia…ese es el olor de Cantabria. El aire lleva trazas de montañas y ensenadas recoletas, y la lluvia cae fina incluso en verano. Cuanta diversidad desconocida y paisajes diferentes esconde esa región…

Altamira con su apasionante historia, no solo la del pasado remoto prehistórico, sino la del bueno de Marcelino Sanz y su cruzada científica: a cual más apasionante. Santillana del Mar, resistiendo el peor de los asedios… el del turismo masivo…con sus artesanos asomando en cada esquina y su Colegiata, que oculta un interior vedado a esa masa consumista que pasa por ella casi con desprecio. Y luego está su mar…esa cala hermanada con Sevilla a través de sus santas…y es que nuestros lazos van más allá de las flotas que rompieron cadenas en el Guadalquivir y que campean en casi todos los escudos de sus villas.

El modernismo de Gaudí nos sorprenderá en Comillas, el Camino de Santiago en Laredo…y sus anchoas…espolones fortificados en Castro Urdiales…y eso solo de su costa. Dejamos la montaña para mejor ocasión…y llegó, pero esa es otra historia.

Por la Marca Hispánica

Recordaba ese término entra la nebulosa de mis estudios de Historia en el colegio y el instituto como algo legendario…cuando los planes de estudio tenían una visión general y universal  del mundo, no como ahora. Por tierras del Sobrarbe, alejados del turismo habitual, se encuentra un territorio de mezcolanza entre historias y leyendas, de reminiscencias carolingias y lombardas, de lenguas diversas y paisajes apabullantes. En los límites de San Juan de la Peña y el mítico paso del Somport con su casi olvidado Hospital de Santa Cristina (uno de los mejores de la cristiandad, según las crónicas), una comarca de monasterios e iglesias roqueñas se abre ante nuestros ojos.

Es uno de esos sitios donde te quedas con ganas de volver seguro. Paisajes duros pero bellos, e imperturbables desde siglos, son los refugios de la Naturaleza de Ordesa y Monte Perdido quizás los más sonoros a nuestros oídos, pero no os perdáis La Fueva o el Valle de Hecho, por donde aun se escuchan repiqueteos de bordones de peregrinos cuando no había caminos “oficiales” y los hombres éramos más valientes y menos acomodados, o construcciones dolmenicas recuerdan épocas de frios glaciares. O Ainsa con su fortificado y ecléctico urbanismo, propio de tierra de fronteras inestables y permeables a la mezcla de culturas aragonesas, catalana y francesa. Sin complejos “nacionalistas”.

Una tierra para perderse entre buenas gentes y autenticidad…de las que no salen en los turoperadores…una delicia.

P1180571Ibon del Asperillo

Ser ciego…

El viajero que se acerca a una ciudad sabe que esta, como si de una mujer hermosa se tratara, tiene sus mejores momentos según el tiempo y el espacio. Granada me gusta siempre…pero en otoño más… y si es al caer la tarde sobre el Darro, cuando la luz, siempre brillante pero tamizada por los siglos, parece atravesar como un fino estilete los muros milenarios de sus puentes y muros, comprende uno la canción de que “no hay nada más triste que ser ciego en Granada…”

El poso nostálgico de los suspiros de sus señores nazaríes, que aun parecen resonar en las estancias de la fortaleza roja, te dejan ese sentimiento de paraiso perdido que la ciudad rezuma por sus poros. Nostalgia de esplendor y belleza, como si lo que vieras estuviera a punto de derrumbarse ante tus ojos incapaces de abarcar todo lo que ves, y lo que no se ve pero se intuye, aunque no con los ojos…

Para mi es la ciudad andaluza de sabor más norteña. La pisada firme de los castellanos dejó impronta fuerte y resonante en sus calles también, en un difícil equilibrio, que no superposición, con la herencia musulmana que se resiste a doblegarse al paso del tiempo, aunque sus alarifes ya no estén, ni los Abencerrajes la defiendan. Sus cármenes secretos y calles, que parecen crecer en un orden natural más que con una lógica urbanística, los templos y palacios en pie o derruidos, todo guarda su secreto que parece jugar con el silencio de una ciudad que, a pesar de su vitalidad, será siempre un recuerdo romántico en pie con un cansancio glorioso de tanta vida transcurrida por sus venas.

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Luna de verano

Ya paso tiempo, pero curiosamente la de estas noches me ha traido su recuerdo. Málaga, varada al borde del Mare Nostrum, nos ofreció a los peregrinos andaluces, hace ya casi un año, una luna  sin igual que compensó calores y demás en un paseo por sus calles nocturnas.

Bullicio del estío que rebosaba sus calles, muros jacobeos en su Iglesia de Santiago, y al final, la Alcazaba, colgada del collado como una imagen de otros tiempos, desconocida para muchos, último bastión costero nazarí antes de la caida de la Fortaleza Roja. Sus muros retienen historias e Historia, y la luz de sus patios y fuentes derraman sabiduría de otros tiempos.

De mañana, los esteros y arenales nos esperaban en abrazo fraternal con los compañeros venidos de media España. La luna fue testigo…como estas noches.

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Donde el viento da la vuelta

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Las nieblas del tiempo aun guardan lugares donde el tiempo se paró. Gusta ver que en esta era en la que todo parece estar más que “controlado y civilizado” existen espacios para el hombre y la tierra, frente a frente, sin más fuerzas que sus piernas, su mente y su corazón.

Galicia esconde algunos de esos lugares. Su punto más norteño sitúa en el imaginario de generaciones el puerto de las almas que abandonan esta tierra hacia otros planos espirituales. Lugar celta cristianizado, como tantos, por la “presencia” apostólica de S. Andrés, al que hay que ir, si o si, si se quiere descansar en paz.

Tradiciones casi perdidas, naturaleza feroz que casi oculta las sendas que hacia él discurren, y lugar para vivencias. Teixido es de esos lugares donde el viento da la vuelta, pero no los pasos de los peregrinos que hacia él discurren. Alejado de aglomeraciones, encierra un acervo de costumbres que merece la pena vivir y mantener. Camino del Mar, ve mejor de vivo y los disfrutarás más.

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A la vera de Itálica

A veces los arboles impiden ver el bosque. La otrora todopoderosa Itálica, enseñorea aun hoy sus ruinas de pasado esplendor como máximo atractivo de Santiponce, pero, siguiendo el Camino Mozárabe a Santiago – Vía de la Plata (porque para aprehender este edificio desde el inicio, hay que acercarse a él caminando), nos encontramos con la mole, en apariencia ruinosa (gracias a una restauración inacabada que duerme el sueño de los justos), del Monasterio de S. Isidoro del Campo.

Antigua ermita en la que cuenta reposaron los restos de S. Isidoro originariamente, y que fue lugar de peregrinación en tiempos oscuros de cristianismo incipiente, atesoró también las reliquias de S. Geroncio, mártir venerable, siendo pues desde sus albores centro de atención religiosa  y de poder.

Cistercienses, Jerónimos, herejes que, aunque pueda parecer paradójico, trajeron sabiduría y progreso a estas tierras, mausoleos nobiliarios, mudéjar de yeserías y azulejos inimitables, hacen de este lugar un edificio único. En sus rincones encontramos desde mensajes encriptados de historias de amor en torno a unos calamares, a biblias del oso, pinturas murales con significados contradictorios…arte inigualable.

Desamortizaciones, abandonos, políticas culturales cicateras, nos dejan solo una parte visible y compartida para el ciudadano; iniciativas como las de Engranajes Culturales (¡ loa a los valientes que apuestan por la cultura !) nos descubren su magia nocturna y hacen que vuelva a resonar la música entre sus muros, devolviéndole su alma. Peregrinos plateros pasan por él asombrados unos, los que se detienen sin premuras, ignorantes otros, los que llevan prisa por sumar km en su credencial. Tan cerca y tan desconocido. Detén tus pasos, tómate tu tiempo para descubrirlo…

P1160465Claustro de los Muertos

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