Archivos Mensuales: enero 2018

Reducción al absurdo

De verdad que he tratado de no escribir sobre este…”Salvame político”…pero nos copan la atención (o lo pretenden) en el espacio-tiempo de una manera…Soy de esos que no cree en la globalización (que poco bueno ha traído…) pero si en la aldea global. Cuando se viaja con cierta tranquilidad y te abres a la intrahistoria de las gentes y los lugares, te das cuenta que con todo el bagaje histórico-cultural que nos diferencia, el ser humano es igual en todas partes, con sus problemas y sus virtudes, y que el único elemento diferenciador en el jod…dinero.

La España actual se ha cimentado sobre un modelo político y económico asimétrico, a todos los niveles: somos, tristemente, el tercer país de Europa con más diferencias socio-económicas entre sus ciudadanos, según un informa de Intermón Oxfam…creemos que el haber estado a un lado u otro de una  historia común nos da derecho a exigir.

El delicado momento histórico de la Transición hubo que salvarlo con mucho diálogo, y tragándose (sobre todo los más tolerantes, como pasa  siempre…) muchos “sapos”, y uno gordo y seboso fue el de las “nacionalidades históricas”, donde se confundieron la historia y las señas de identidad con la sempiterna aspiración del ser humano a ser “más que los demás”. Cataluña, País Vasco…Navarra en lo “económico”…seguidos, con una actitud muy diferente, por Galicia o Andalucía…forjó este panorama abonado al conflicto. El coste de vidas humanas hizo recapacitar a los vascos más radicales…pero el afán de dinero no a Cataluña. Alimentado ese falso espíritu “nacional…ista”, que se basa en haber estado media historia de España apostando por el bando perdedor que les prometía privilegios del Antiguo Régimen (lease Guerra de Sucesión, olvidadas guerras Carlistas…y paces pagadas con dinero por Reyes incapaces de ejercer con realeza…) y por un victimismo inmaduro, llegó la democracia y…lo empeoramos.

Cuarenta años de una educación “dirigida” y sesgada han dado origen a toda una generación (o dos…) de catalanes que creen ser oprimidos y menospreciados y que una vez sean independientes, serán como una Suiza del Sur, donde atarán a los perros con longaniza.

Cansancio es poco…hartazgo de que aparezcan como el principal problema en España, cuando hay millones de parados, grandes fortunas enrocadas en si mismas, y corruptos andando por la calle sin problema…la solución pasa, a pesar de todo, por el diálogo y la educación igualitaria para todos los españoles (pues tenemos una Historia conjunta que nos une, no que nos separa) ya que es imposible ponerle un psiquiatra a cada independentista fanatizado que se cree la victima número uno de no se sabe que.

Lo único cierto, por reducción al absurdo, es que el “catetismo” (que en eso ha desembocado todo este nacionalismo) se cura si nos detuviéramos a conocer al otro, con los mismos problemas y sueños que cualquier otro ser humano, respetáramos más a nuestros semejantes y  frenáramos la ambición desmedida de nuestro tiempo colaborando no apedreándonos…que no somos el ombligo del Mundo.

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Hacia S. Andrés de Teixido: Camino del Mar

Se acerca el mes en el que las tinieblas vencen a la luz diurna, del ocaso otoñal que nos recuerda la nostalgia de los que se fueron, y de lo que se fue; del fin de las cosechas, del céltico Samhain banalizado por el consumista halloween…es tiempo de que el peregrino retorne sobre sus pasos al calor del hogar, y los caminos se despejen a la espera de la añorada primavera. Sin embargo, hay un Camino, uno de esos olvidados,  que  en este tiempo acentúa aún más su aura mistérica; camino antiguo, camino del mar, que sirvió en ambos sentidos para llevar peregrinos por las costas norteñas de la Península a Santiago, y para guiarlos hacia un destino tan presentido en el imaginario colectivo, especialmente el gallego, como real y auténtico…

Allá por la Sierra da Capelada, donde pastan los caballos libres, cuentan que las ánimas buscaban puerto para el Más Allá…en Teixido. Es la peregrinación a S. Andrés, una de las más ancestrales de Galicia; ignorada por los foráneos, en Galicia sin embargo goza de gran predicamento…que mejor ir de vivo a conocerlo.

Como uno es precavido, nos adentramos a la aventura en Octubre (que aun el día gana la partida a la noche…), tras muchas investigaciones y la inestimable ayuda del historiador Andrés Pena y del Club de Montaña de El Ferrol. El largo viaje hacia el norte nos llevó a uno de los muchos puntos de partida que todo camino tiene, pero único por tanta belleza, historia y leyendas que lo colmatan: la península de Sª Comba. Aislada con los temporales y mareas altas, la pequeña ermita encierra los conciliábulos y tradiciones de las esencias gallegas. La paz de la caída de la tarde y el batir de olas en su promontorio rocoso tenían algo hipnótico, como si en el aire se palpara el poso de los siglos.

Ligeramente ascendente desde la costa, el Camino caracoleaba entre pequeños  asentamientos urbanos y bosques de repoblación en su mayoría, fruto de un medio domado por el hombre, hasta llegar a la fabril ciudad de El Ferrol. Con la noche llegaron las nubes que anunciaban temporal, pero al amanecer el sol rompió en el horizonte con fuerza. Hasta llegar a S. Martiño de Xubia el transitar por la ciudad parecía más bien un intento de fuga de ese exceso de civilización que son las ciudades industriales, pero a la vista del monasterio y del primer cruceiro la visión del camino se fue “humanizando”. Por fin el primer pez de S. Andrés marca la sirga.

Desde aquí parte también el hermano, y bastante ignorado por las masas ávidas de “compostelas”, Camino Ingles. Durante unos cientos de metros ambos trazados comparten recorrido, hasta que la brújula los obliga a tomar direcciones divergentes. El Molino de mareas de Aceas, como un gigante varado, marca la frontera entre el mar y la montaña, dando paso a tupidos bosques de helechos y eucaliptos que engullen al caminante y, en ocasiones, hasta la luz del sol. Tengo que recordar forzosamente aquí el trabajo denodado de los montañeros de Ferrol por mantener abiertos y señalizados los caminos naturales hacia Teixido…sin ellos habríamos vagado por arcenes de carretera más de lo debido.

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La mañana avanza y el bosque se cierra con helechales que superan la altura de un hombre, caminando por trincheras de tierra, cuajadas de setas de todo tipo y arbustos coloridos que veíamos por primera vez. Llegando a Aldea Nova los horizontes se despejan y la senda comienza a ascender lenta pero inexorablemente hacia los espesos montes. Las castañas decoran los senderos dando la sensación de que se van a poner a caminar con nosotros de un momento a otro. Los “andresiños”, y algún solitario cruceiro, nos refieren que avanzamos por el Camino correcto cuando este comienza a descender hasta As Forcadas. Los km se acumulan y ya la tarde comienza a languidecer cuando, entre los árboles, se vislumbra la Capela da Fame: la vetusta puerta de madera antigua deja ver por hendiduras y cerraduras los “maios” recientes que alejan a los malos espíritus que, según las consejas de viejas a la luz de la hoguera, habitan estos lares desde tiempo inmemorial.

Y ya fronteriza la noche (que no es seguro andar por estos caminos con ella acechando y a saber que horrores nocturnos de la mitología galaica…) arribamos a O Porto do Cabo: las crónicas cuentan que en esta aldea confluían todos los caminos hacia Teixido para hacerse uno solo. La Casa do Morcego, hogar más que alojamiento por el trato de Antonia y José, nos cobija y da calor ante negros nubarrones que cierran el cielo.

En la noche caen torrentes y la meteorología aconseja quedarse en cama calentito, pero hay que seguir.  Cruzando de mañana el medieval puente que salva el rio, comienza una lluvia fina que se convertirá en tempestad mientras subimos la dura Cuesta de Aro. Llegando a la cima, el día se serena dejándonos trastocados, como un boxeador tras la pelea; algún perro, medio lobo, se nos cruza con la misma cara de asombro que nosotros, sorprendido por la fuerza de la Naturaleza. El sol, tímido al principio, saldrá lo suficiente entre las nubes paraqué el resto del Camino sea brillante entre los helechales mojados y los bosquetes resplandecientes.

Vamos avanzando por la Serra da Capelada, siempre ascendiendo, mientras muros de verde cerrado nos doblan la altura y ocultan el horizonte; el sol acompaña y las innumerables y diferentes setas, arbustos de todo tipo entre los gigantescos y cerrados eucaliptos, dan un aire de bosque de hadas.

Escarabajos de colores brillantes que parecen gemas, casi irreales, nos recuerdan las almas que van penando hacia el Santuario, y, al dejar al Oeste Cedeira, el aire del mar cercano que parece oscurecer los bosques dándoles un verde casi negro, nos anuncia la cercanía del lugar.

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La coqueta ermita de S. Roque de Reboredo nos ofrece su prado romero donde descansar un poco. Una manada de cerdos salvajes, cruzados con jabalíes de la zona, hace retumbar el aire mientras corren por las laderas de los últimos montes cuando, entre la espesura, comienzan a surgir ancestrales milladoiros de miles de piedras, testigos de un culto antiguo que se enreda entre lo pagano y lo cristiano. Ponemos la nuestra cumpliendo con el cometido de acortar el Camino a algún difunto que no vino en vida cuando asoman los rompientes de los acantilados: manadas de caballos salvajes campan a sus anchas por ellos, y nos atrevemos al vértigo de  una bajada hasta la minúscula, en la lejanía de una costa indómita, aldea de S. Andrés.

La satisfacción es enorme, y el descenso se disfruta por una alfombra natural de hierba y musgo, jalonado de cruceros y señales del Camino. La tarde declina cuando entramos en la pequeña Iglesia de aires marineros: S. Andrés, con decenas de exvotos a sus pies, ofrece una imagen de otro tiempo…a él nos encomendamos y agradecemos otra peregrinación cumplida. Las calles populosas del fin de semana, pronto se despoblarán, pues una ancestral tradición aconseja no pasar la noche allí, para no ser confundido con las almas viajeras.

Conseguidos los “sanadresiños” y  la “herba de namorar”, el bueno de José nos recoge para regresar a dormir a O Porto do Cabo. Ya allí, con la noche empezando a caer, paseando por la derruida y abandonada Casa Bastona, hospedería de peregrinos del siglo XV, reflexionamos sobre la riqueza de nuestra tierra en cultura, historia, y buena gente, y el desinterés que, las más de las veces, las arrincona, como estos muros que cobijo dieron a tanto peregrino.

No lo olvidéis, una pena os atenazará al cruzar la Estigia del final de los días si no vais allí ahora que podéis…y, miedos a parte, una experiencia maravillosa de vida y de peregrinaje nos espera en ese otro fin de la tierra…mejor de vivos, y que nos quiten lo bailao. Buen Camino.

(Publicado en el Nº 174 de la Revista Peregrino de Diciembre de 2017)

A sal y a lluvia…

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A sal y a lluvia…ese es el olor de Cantabria. El aire lleva trazas de montañas y ensenadas recoletas, y la lluvia cae fina incluso en verano. Cuanta diversidad desconocida y paisajes diferentes esconde esa región…

Altamira con su apasionante historia, no solo la del pasado remoto prehistórico, sino la del bueno de Marcelino Sanz y su cruzada científica: a cual más apasionante. Santillana del Mar, resistiendo el peor de los asedios… el del turismo masivo…con sus artesanos asomando en cada esquina y su Colegiata, que oculta un interior vedado a esa masa consumista que pasa por ella casi con desprecio. Y luego está su mar…esa cala hermanada con Sevilla a través de sus santas…y es que nuestros lazos van más allá de las flotas que rompieron cadenas en el Guadalquivir y que campean en casi todos los escudos de sus villas.

El modernismo de Gaudí nos sorprenderá en Comillas, el Camino de Santiago en Laredo…y sus anchoas…espolones fortificados en Castro Urdiales…y eso solo de su costa. Dejamos la montaña para mejor ocasión…y llegó, pero esa es otra historia.

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