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Romero solo

Escribiendo, en estos tiempos tan inciertos, miras atrás y todo se relativiza: problemas, sueños, añoranzas…y las vivencias auténticas se refuerzan, nos parecen “pecata minuta” los obstáculos que se nos interpusieron con ellas. Los caminantes estamos acostumbrados a ello: el Camino es buena escuela de superación de tantas piedras como aparecen en senda vital de todo ser humano. Porque es habitual que las obligaciones laborales y responsabilidades familiares hagan que el “peregrino constante” tenga que superar y engranar vicisitudes para lograr escapar a ese Camino siempre cercano en el alma, pero a veces lejano en la realidad de la vida que llevamos.

Ese “lamento”, tan conocido por el caminante, arrastraba yo. Muchos suspiros en estos últimos años alejado de él, pero todo llega…que el Santo no es milagrero, pero ayuda al peregrino…y allá que a mediados de mayo del “feliz 2019” subía al autobús hacia Salamanca, donde había dejado mi camino platero tres años antes… ¿o quizás fueran más en el sentimiento?, pues cambiante es el mundo siempre, pero en estos tiempos con más celeridad. Bajarse del bus en tierra charra y desbordarse los sentimientos fue todo uno: cuantos anhelos y dificultades…pero allí estábamos, por fin, bordón en mano.

Salamanca, siempre acogedora, vibraba populosa de gentes, pero el peregrino, que debe preparar cuerpo, mente y espíritu por igual, busca el rincón sereno en los albores de la partida para revisar estos puntales tan fundamentales; y allí que encontré abierto San Marcos, con su Cristo románico colgado del tiempo, en la salida histórica de la ciudad antigua. Sopa castellana para caldear el aire que esa noche anunciaba el frio que vendría en las próximas jornadas, y a soñar con el “Campo de Estrellas”.

Al despertar, la mañana fresquita y soleada despereza la ciudad y abre sus puertas al campo castellano. Largos, rectos e interminables tramos se abren como surcos en la tierra, salpicada con algún bosquete y pequeñas poblaciones que se suceden sin apenas compañeros de viaje, hasta llegar al final de la jornada a Calzada de Valdunciel. El coqueto y acogedor albergue municipal nos cobija a una “pequeña ONU”: italiana, neozelandesa, español…y la misa de la tarde, en la más que cuidada Iglesia, nos presenta a todo el pueblo en una de esas escenas, congeladas en el tiempo, que aun reúnen a los vecinos en torno a la despedida del parroquiano difunto, y que nos sitúa casi al mismo nivel de protagonismo, pues la indumentaria delata que nuestra presencia es más que ajena, y novedosa, al evento.

Ruinas del Castillo de Castrotorafe (Zamora)

Las largas rectas vuelven a romper la mañana, y un pequeño arcoíris enredado en una percha de riego da color al reseco paisaje de cereal y tierra áspera. Así llegamos a El Cubo de la Tierra del Vino, en plena festividad de San Isidro, lo que nos concede la oportunidad, al atardecer, de vivir una escena digna de ser narrada por Machado: la modesta procesión del Santo sale de la Iglesia, “Casa de Dios y Puerta del Cielo”, como reza en el dintel de su puerta, y se adentra en los campos, seguida por los devotos y algunos peregrinos, para bendecir la tierra en un rito probablemente de reminiscencias celtiberas, que enlaza con nuestro mozárabe Santo. Un lujo para el alma presenciar esta celebración, casi congelada en los siglos.

La cena al atardecer reúne a un grupo heterogéneo que alegra la mesa y da calor a la soledad que, a veces, en la Plata, nos acucia como la melancolía al eremita que, sabiendo que elige una vida de esfuerzo, seguramente echa de menos, al menos de cuando en cuando, la compañía humana.

La vivencia compartida da al amanecer un color más acogedor, a pesar del frio que, inexplicablemente, se va haciendo más presente día a día como si entráramos en un invierno tardío. El Camino, para los peregrinos hispalenses, tiene en esta jornada un componente especial, pues bordea el pequeño pueblo de Peleas de Arriba, que vio nacer a Fernando III El Santo.

La llanura verde comienza a ascender levemente, como olas que se encrespan, hasta la bajada repentina al Duero, que cerca Zamora y la esconde como el pez al anillo del Obispo Atilano, como nos recuerda su monumento en la margen del rio. La siempre cuidada y armoniosa ciudad nos lleva hasta Santa Lucía cuando el reloj de sol de su fachada marca algo más del mediodía. “Ser en la vida romero…que cruza por caminos nuevos”…los versos de León Felipe parecen hechos a medida para su tierra zamorana: vagar por sus calles mientras llega la hora de abrir el albergue no se hace ni largo ni pesado en el ánimo, al contrario; el rosario de iglesias y callejas te envuelve en un limbo de tranquilidad, belleza y sosiego…San Cipriano, Santiago del Burgo, San Juan de Puerta Nueva…Zamora es ciudad de inicio también, y eso se nota en el albergue completamente lleno, pero acogedor por la edificación tan bien distribuida y el buen hacer de sus Hospitaleros Voluntarios.

Cerca de tapial tradicional, en las cercanías de Tábara (Zamora)

Al caer la tarde, pasando por la Casa del Cid, me dirijo a una de mis iglesias preferidas. Semioculta entre las casas del arrabal y los árboles está Santiago el Viejo, donde el Campeador calzó espuelas: la primera vez sentí la necesidad de descalzarme para entrar, tal energía sentía exhalar a sus muros cargados de historia; las figurillas de los capiteles te sonríen e invitan a quedarse y meditar o simplemente escuchar tu respiración…tareas muy peregrinas todas, dicho sea de paso.

El batiburrillo de peregrinos se ordena para la cena comunal y el sueño reparador. La mañana clara nos guía, tras atravesar las murallas y dejar atrás la bifurcación hacia el interesante (y desconocido) camino platero portugués, a Roales del Pan. La localidad, con su moderno cruceiro y área de descanso para el peregrino, es lo único que romperá la monotonía hasta llegar a Montamarta, y el cambiante cielo, que se oscurece en los albores de la tormenta y enfría aún más el aire de la llanura.

El albergue, cómodo pero distante de la población, es batido esa tarde por los cuatro costados por una lluvia torrencial, tras la que amanece una mañana soleada. Atravesamos Ricobayo por el lecho del embalse, vaciado por la pertinaz sequía, y se nos abre una jornada de impresionantes ruinas ilustres, empezando por el Castillo de Castrotorafe, digno de ser cantado por el mismo Tolkien, o el Monasterio cisterciense de Moreruela, de dimensiones tan magníficas que será en su caserío de Granja de Moreruela donde encontraremos albergue y hospitalidad esa noche.

Saliendo por la mañana dejamos al frente el Camino platero para mejor ocasión, y tomamos a la izquierda por el Sanabrés. El cambio de paisaje se hace notar ya en los colores que se acentúan y multiplican anunciando territorios más serranos, y el Puente de Quintos, sobre el impresionante Esla, nos abre la puerta hacia el noroeste compostelano.

Y llegamos así a Tabara, al antiguo scriptorium de Beatos del desaparecido monasterio, por sendas que serpentean entre ramales ferroviarios que, como los antiguos dragones de los pergaminos que allí se pintaron, amenazan con su sola presencia la senda jacobea, y que tendremos que “vigilar” entre todos pues de todos es el Camino.

Tábara nos acoge y nos despide con la misma calidez: a unos hacia el Aliste y la Sierra de la Culebra, a otros de vuelta a casa, que el tiempo del gozo llega a su fin. Parten de mañana los peregrinos, y yo, solo con mi cayado, espero el autobús, como fuera de sitio, y recuerdo los versos del poeta del pueblo “Para mi el bordón sólo del romero…Yo quiero el camino blanco y sin término”

La sonrisa del Santo

En las postrimerías del año más oscuro, en la ciudad de las estrellas, un martillo de plata retumbará en el mundo deshaciendo un muro de piedra y desdichas, de argamasa y tristezas, de frustraciones y sinsabores…es el amor de Dios quien lo derrumba.

Lo empuñará el Arzobispo, pero lo impulsará la fuerza de la Fe de los peregrinos. Bien lo sabe el Señor Santiago, que ya sonríe viendo, entre el polvo que se levanta ante la Puerta que cede, las primeras botas sucias de sus peregrinos…Faltan los abrazos, pero guarda sus deseos y anhelos a buen recaudo, bajo su esclavina, como el secreto más cálido para soportar este duro invierno…por eso sonríe.

 Porque por encima de pandemias y problemas, mañana los peregrinos estarán allí, estaremos todos…hasta los que ya no están…porque a Santiago se llega, antes que con las piernas, con el corazón. Estaremos en el brillo de los ojos del primer caminante que asome por el dintel sagrado que se abre de tarde en tarde, en la luz que brilla en la linterna de la Berenguela, en la Estrella de Platerías que cabalga en la fuente.

Mirad ese día al Cielo, peregrinos…no dejéis de mirar…La misma Luz que guió a los Magos de Oriente se encierra en aquella lucerna que solo se ve con los ojos del alma peregrina…mirad más lejos, más arriba: es la Luz de la Esperanza, es la Luz de Compostela… Feliz Navidad y Buen Camino.

A mi amigo Paco Tena, en este duro invierno

Antes de que el destino nos alcance

La tormenta ha dejado de tronar, demoledora, aunque aún llueve sobre mojado. Los lentos días del confinamiento se aceleran dejando atrás buenas intenciones, y otras que no tanto, sacándonos del túnel oscuro, como en las mejores películas, hacia la luz…pero resulta que está nublado.

En los densos y alucinantes días de marzo, cuando parecía Mad Max atravesando el páramo de las calles de una Sevilla abandonada a todo pedal para llegar al trabajo, pensaba que, dentro de todo lo negativo del momento, esta situación nos ayudaría a cambiar a mejor en muchas cosas, no en todo, pero si en gran parte. Y, aunque en menor medida (seamos realistas), lo sigo pensando.

Después ha venido esa extraña mezcla de lo mejor y lo peor del ser humano: altruismo, egoísmo, misericordia, miedo…Esta sociedad nihilista, confiada en cuerpo y alma al “Deus Ex Machina”, ha sentido como este tenía pies de barro y volvíamos al siglo XVII (que bueno que el “Discurso de la Verdad”, hubiera sido de lectura obligatoria estas semanas), encerrados en el útero hogareño, sin saber que pasaría mañana, presos del miedo ante el mínimo síntoma de enfermedad…porque seguimos siendo pequeños ante la fuerza del destino.

30 de Marzo. Amanece en Sevilla. Mi último día de trabajo antes del confinamiento

Reflexionas en esos días (no se si ponerlo como exclamación, pregunta o qué…) sobre de dónde vienes y cuál es el camino a seguir. La mía personal, que me gustaría no fuera solitaria, primeramente me reafirma en que lo estábamos (¿o mejor usar el presente del verbo?…estamos) haciendo mal: nuestra forma de vida, el maltrato al clima, y a la Naturaleza en definitiva, el creer que lo malo siempre le pasa a otros, y que generar riquezas y (supuesto) bienestar justifica pisar el acelerador a fondo y arrasar con todo lo que haga falta…ahí está la clave de porqué hemos llegado a esta situación.

Situar a las personas y al planeta en el centro de todas las cosas no es ya un deseo sino una necesidad, pero ¿hemos llegado a esa conclusión más allá de los discursos? Salimos hace unos días a la calle, como niños en mañana de Reyes, pero pronto vuelves a observar la falta de respeto de quienes no aceptan la norma que nos han puesto para salvar nuestras vidas, porque la norma es para otros y a mi me oprime; tenemos un nuevo “juguete”, en forma de guantes y mascarillas, con el que ensuciar las calles y jardines…y hay mucha prisa por volver a lo que teníamos antes, aunque sea incompatible con la salud, a que la máquina económica de la desigualdad vuelva a funcionar para volver a engordar los mismos bolsillos, o, al menos esa sensación me llevo.

Vienen tiempos de gran esfuerzo que, de verdad no de boquilla, que debe ser compartido por todos; de pensar en la comunidad como bien necesario, y en el país como hogar común; de resetearse y buscar nuevos sectores económicos a explotar, que no sean solo turismo y ladrillo; de que España tiene que tener un único sistema sanitario y educativo (en esos dos aspectos al menos), porque todos tenemos derecho a ser tratados con igualdad y a no ser menos ni más por vivir en el norte o en el sur. Dialogo, imaginación y bien común sobre las que amoldar esta sociedad, antes de que el destino nos alcance y la próxima vez no nos protejan ni nuestras casas. Aún estamos a tiempo.   

Cabeza de Extremadura

Ahora que nos toca volver a nuestras olvidadas soledades como tributo al tiempo que nos ha tocado vivir, vuelvo atrás la mirada a un rincón espléndido de nuestra España “vaciada” …que, quien nos lo iba a decir, puede que sea la envidia en estos momentos.

Los encuentros jacobeos son de lo más enriquecedor que se puede vivir: compartir cultura, gastronomía, pasión por el Camino que nos une…ese nos hace ricos, no los billetes en el bolsillo.

Que cierto es que Castilla va por un lado y León por otro; unidos en una demarcación política autonómica, queda claro cuando las recorres que la Historia es la Historia y pesa mucho, y fragua sus personalidades propias, no comprendidas por la mayoría de los políticos actuales, que inventan artificiosos sistemas y falsas “identidades históricas” …pero ese es otro tema.

Capitel Monasterio San Juan de Duero (Soria)

Hace ya dos años casi…y seiscientas y pico de noches, pero fue un viaje de lo más variado. Las tierras cidianas se abren en amplitud, sin prisas, sin límites…leyendas tangibles que nos dejaron los relatos se enseñorean en los muros de sus castillos que resisten el paso del tiempo y el olvido del hombre.

Así nos recibía Castilla, a las puertas de Soria. La ciudad, pequeña y familiar, con aromas de Machado por cada esquina, nos mostraba la curva del Duero, asentadero de ermitas y monasterios con ecos becquerianos. A la mañana siguiente, de San Onofre a San Juan de Duero, el espíritu del alma tranquila se apodera del caminante…y fiesta, risas con los amigos, buena comida en cada taberna…sus torreznos…cosas en apariencia frugales, que hoy son oro molido.

La tarde nos deparaba la visita más épica al solar numantino: se pisa tierra de héroes, donde se aprende el valor de lo propio y el valor. La historia merece una página más que principal, ajena a manipulaciones interesadas (en especial las políticas…): cuando pocos se enfrentan a muchos, eso gusta a los Dioses.

Casa de Calatañazor (Soria)

La despedida fue en el Burgo de Osma, ciudad que reposa sobre la riqueza de un legado histórico de cultura y monumentalidad que le da la serenidad de una dama noble que ha vivido una vida placentera. Tras el almuerzo la despedida, pero aun restó tiempo para la última visita legendaria…Calatañazor. Tambores de Almanzor aparte, la población es un nido de águila anclado en el tiempo, con todo el regusto medieval que la hace adorable para los frikis de la Historia.

Y no quedaban ahí los disfrutes. De regreso, en las profundidades del territorio burgalés, donde el Arlanza riega sus campos, duerme una princesa nórdica, roto el amor que hasta aquí la trajo, pero vivo en la memoria del pueblo y de sus nórdicos compatriotas que hasta su tumba peregrinan. Covarrubias también “engancha” a todos los niveles, sobretodo por su tranquilidad y belleza; el Monasterio de S. Pedro cerrado en eternas obras por entonces, nos desvía a uno de esos encuentros casuales, que suelen resultar los mejores. En Quintanilla del Agua se esconde una joya de la cerámica como nunca habíamos visto: Territorio Arlanza. Felix Yañez reina entre sus casas de cerámica y su creatividad arrolladora: un artesano de los sueños imposibles.

Noche entre bodegas de buen vino, como la tierra cría, y ya de regreso al Sur una última parada en Silos. Su ciprés encierra todos los silencios del mundo, y cada tramo del claustro es una lección de arte y teología, de sabiduría antigua e historia. Cálidas piedras cargadas de fuerza, que contrastan con la frialdad de la iglesia de la Abadía benedictina, pero una visita de la que se aprende más que en muchos libros. Tierras duras pero cálidas en su acogida, frontera del “extremo más duro” durante siglos, pero permeable al cruce de culturas como pocas. La España vaciada de gentes, pero también de prisas y de superficialidad, más auténtica más profunda…a valorar ahora más que nunca…otra vida es posible.

El Cerro del Cabezo

Va a hacer pronto dos primaveras…toda una eternidad en estos días que corren. Raíces de mis buenos amigos y caminantes de Jaén, tenía que probar la ancestral peregrinación al Santuario de la Virgen de la Cabeza.

Desde poco después de Marmolejo, surgía uno de los ramales que te llevan hasta la Morenita, el más histórico, que durante un par de decenas de kilómetros nos adentraba en lo más hermoso y agreste de la Sierra Morena. Naturaleza desbordante de flores y arroyuelos de aquella primavera, generosa siempre, que preñaba la tierra de colores, sonidos y olores. Todo un lujo para los sentidos.

A tramos, detrás de las trochas más elevadas, se veía, casi como en un cuento, el Cerro y la construcción pétrea de su Santuario. Leyendas, historias, tradición de la Romería más antigua de nuestra Andalucía, exhala un encanto que te envuelve poco a poco dando alas a los pies.

La llegada a Lugar Nuevo, te revela el sitio en todo su esplendor. Parece más la altura, o será que vas sobrecogido ya cuando llegas y comienzas a subir las empinadas cuestas del Santuario, dejando atrás innumerables Casas Hermandad de filiales de la devoción serrana. La cima domina los montes de alrededor y un silencio flota en el aire; presencia sentida de peregrinos que nos antecedieron y dan fuerza al lugar, el recuerdo a los héroes del cerro (gesta reconocida por todos con independencia de ideologías), y la Iglesia donde la Pequeñita, y su Chocolatín Divino, dan cariño, protección y calman el espíritu,y dan poso y energía a las piedras que se te mete muy dentro. Que alegría ver la devoción del caminante, que se impone sobre los escasos vehículos, como fue desde el Siglo XIII, como debe seguir siendo.

Un tesoro de espiritualidad, antropología, historia, tradición y Fe…pronto volveremos. Cuídense.

Del buen gobierno de las cosas

“μέτρον ἄριστον” (en la moderación esta lo mejor). El adagio clásico sirve igual para un roto que para un descosido. Aplicable a cualquier aspecto de la vida, en él se encierra la guía de nuestras acciones: encontrar el término medio.

Tolerancia y moderación adornan al ser humano, como dirían los maestros, y cuando el fiel de la balanza no encuentra estabilidad entre ilusión y razón, los mejores proyectos dan al traste.

Ermita en Casas de Reina, en el Camino Jacobeo de la Frontera

En el mundo jacobeo, como en la sociedad en general, es fácil encontrar ambos extremos, y gente que fluctúa de un extremo a otro: peregrinos “new age” para los que todo es de color; caminantes que se han escorado a lo “políticamente correcto” (que, casi siempre, va en detrimento del Camino…)y desechan cualquier actitud crítica; aquellos que han perdido la ilusión, sin darse apenas cuenta, y vagan por cómodos senderos con alergia a las botas sucias, o quien se enfrenta a los derroteros (camino de las rocas, muchas veces…) de la sirga jacobea en armado solo de guitarra y chanclas. Está el caminante que solo ha surcado los libros de la tradición santiaguista sin saber sentido en el alma las “lágrimas del Obradoiro”, y el que atraviesa kilómetros, mochila a la espalda, sin saber que recorre: ambos pasan con orejeras por la universalidad de la herencia compostelana.

Repito que no es nada nuevo en la evolución de los fenómenos socio-culturales, pero encontrar el añorado equilibrio, con mayor o menor acierto (humanos somos…) las más veces es cuestión de avanzar hacia adelante sin olvidar lo que hemos andado y nos ha enriquecido en saber y comprender.

Vista del antiguo recinto fortificado de Braganza (Portugal), en la variante portuguesa del Camino Mozárabe de Santiago – Vía de la Plata

El dirigente jacobeo debe estar en el Camino y en los despachos; si olvida cualquiera de los dos ámbitos, se aleja sin remisión de la realidad peregrina. Aporta tanto una reunión con la Administración Pública, donde siempre se puede ver la luz a un problema (no todos son demonios con rabo…aunque haya que buscarlos con una linterna a plena luz del día), como la visita a un pequeño pueblo de un camino incipiente y/u olvidado que te sorprende con su acogida o su tradición ignorada por el común.

Es la obligación de quienes dirigen asociaciones y federaciones y tienen en sus manos el futuro de estas instituciones y la ilusión de los peregrinos comprometidos, que aun los hay.  

Como un apache al borde del Camino

El Año Santo 2021 se acerca como el “caballo de hierro” por la pradera: imparable, rompiendo con su ruido (o fanfarria, según quien lo escuche…), extraño, o cuanto menos envuelto en múltiples incertidumbres. Invento escondido bajo la carcasa de un jubileo medieval que era gloria para el peregrino, pero que, desde los años 90, parece que tiene la obligación de venir cargado de novedades que, las más veces, poco aportan a lo ya celebrado desde hace ochocientos y pico de años.

Cada año que salgo al Camino, o simplemente cada vez que contrasto opiniones en los foros jacobeos, me veo más como un “apache”, ajeno a la dinámica de los nuevos tiempos, que no comprende muchas actuaciones de unos y de otros y que teme finalmente no encajar en esta nueva civilización “(post)jacobea”.

La maquinaria administrativa pública (civil en la mayoría de los casos, pero también, para mayor escarnio, en muchos también la eclesiástica) afina los eslóganes publicitarios y las actuaciones que puedan salir en la foto, siempre “salvaguardando el Camino y mejorándolo…”…y en ocasiones salen en fotos que no quieren (vean https://twitter.com/camaro_ro/status/1222480935393906688), pero sin miedo siguen adelante.

Todo, en las hábiles manos adecuadas, es susceptible de dejar rédito económico, y el Camino hace tiempo que se ve como “factor de productividad”, lo cual no estaría mal si para ello no se sacrificara tan alegremente su historia, tradición y alma.

No somos malos contra buenos, el mundo esta lleno de gama de grises y en el propio mundo jacobeo, por activa o por pasiva, se contribuye a esta situación de manera más o menos consciente. Los principales valedores y depositarios del legado jacobeo, las Asociaciones, adolecen, como leí a una buena peregrina, de los mismos males que la España deshabitada: de envejecimiento y despoblamiento.

Con los miles de peregrinos que andan las sagradas sirgas anualmente, apenas un puñado se comprometen con el sentir jacobeo más allá vestir sus botas de “quechuagrinos” (dicho esto con todo cariño hacia Decathlon, que nos equipa a todos en mayor o menor medida) y contar su aventura en reuniones de amigos…y el Camino es mucho más que un recorrido andariego: quien no es consciente de ello ha pasado por él sin pena ni gloria. El compromiso con la causa es cada vez menos joven, y los que quedan nos estrujamos la cocorota por saber el “quid”.

Por otro lado ese exceso de tiempo al pie del cañón (creo que factor más influyente que el hecho de la edad elevada…) de los peregrinos que conforman las asociaciones, deviene peligrosamente en la conversión de sus entidades en meros clubs sociales, carentes de beligerancia con los desmanes que azotan al Camino, más que nada por no molestar ni molestarse…salvo honrosas excepciones.

Sin embargo aquí seguimos, porque siguen existiendo peregrinos y gente comprometida, locos enamorados de eso tan intangible a veces como es “lo jacobeo”…y mientras ellos existan habrá esperanza, pero hagamos examen de conciencia y resucitemos ese pellizco que sentimos la primera vez que pisamos el Obradoiro con las botas sucias, u oramos ante la Tumba del Santo con lágrimas en los ojos, quizás cuando vuelva esa luz al alma, su reflejo hará se nutran las filas para seguir luchando por algo tan hermoso como el Camino de Santiago.

Si Milciades fuera español

Cuando visité Grecia me llamó la atención una constatación que para los griegos era algo natural e incuestionable: los militares formaban parte de la sociedad, sin ambages, desde que las polis iniciaron su andadura; se les admiraba como a cualquier otro compatriota, médico, matemático, arquitecto…sin discriminaciones ni prejuicios. Todos contribuyeron a hacer de Grecia la cuna de la civilización europea. Y esa herencia “natural” la eché de menos en mi país. Si Milciades hubiera sido español ¿Hubiera tenido el mismo reconocimiento?

Aquí muchos dirán que si la última guerra sufrida en suelo patrio fue por causa de ellos (tomar la parte por el todo es algo muy español…un general gallego con mala leche estigmatiza a todo un estamento social), y se anclan en ese pasado para no ver el papel que hoy día juega, tan distinto, porque la modernidad también puede estar llena de arcaísmos. El mundo es, a veces, hostil en demasía (si no que se lo pregunten a los millones de refugiados de guerra) y es positivo ser pacífico, pero la paz no se defiende sola: los que vivimos la Guerra de los Balcanes en los 90 lo sabemos muy bien…lean “El Amor armado” de José María Mendiluce.

El Ejército hoy es una de las instituciones nacionales más intachables y admiradas…de las pocas: el soldado no es ya una figura de represión sino de protección, que guarda y vela nuestra seguridad (ahí están las operaciones contra el ISIS, por ejemplo). La pasada celebración del Dia de las Fuerzas Armadas fue todo un placer para los sevillanos, que nos volcamos visitando las unidades expuestas en el Parque de Mª Luisa (por cierto, explicando los militares con un cariño y humor envidiable a los ciudadanos que por allí pasábamos, bajo un calor de justicia…), los ejercicios en el rio, en el desfile posterior…y me alegró ver la cordialidad de la relación con ellos.

Sin embargo, aun nos queda mucho por avanzar en esa normalización a la que llegamos tarde, como tantas cosas en este país, mientras cuestionamos calles dedicadas a héroes de guerra (bochornoso, por ejemplo, el cuestionamiento de la calle “Almirante Cervera”) o monumentos a su recuerdo (el de los Héroes de Baler, inaugurado hoy con mucho esfuerzo…), o acomplejados de llevar al cine hechos históricos en los que fueron protagonistas.

El Ejercito hoy no es oscuridad y abuso de poder, como pudo ser puntualmente en un momento histórico: son veintitantos valientes caídos en la defensa y ayuda a Mostar, son misiones internacionales de mantenimiento de la paz, son caídos en el Líbano en defensa de un territorio libanés casi indefenso…son un pilar de la civilización, con los mismos derechos y obligaciones que cualquier ciudadano.

La sombra de Europa

Los extremismos son una pesadilla que se esconde, se oculta (a veces en lo más recóndito, expectante…) en la mente de toda persona. Todos estamos expuestos en algún momento, en alguna circunstancia concreta al menos, a dejar a un lado educación y valores y dejar escapar a la bestia. Siempre ha habido y habrá maestros oscuros (al lado de los cuales los Sith son “monaguillos”…) que sepan encauzar esa expresión cuasi-animal de pasar por encima de todos y de todos por miedo, por egoísmo, por sentimiento de superioridad…olvidando lo que nos hace personas…la racionalidad.

No hay que retrotraerse a los asirios o a los bárbaros…hace apenas unas cuantas décadas en Europa campearon el fascismo (breve, afortunadamente…salvo en este país…, pero intenso en maldad) y el comunismo más radical (duradero, y, a la larga y pausadamente, casi tan mortal como el primero), demostrando que entre el hombre civilizado y el que no, no hay tanta distancia a pesar de la pretendida evolución del pensamiento humano.

En Europa hace años que la ultraderecha va ganando terreno, incluso en sociedades consideradas cuna de la Razón como es la francesa, y mucho tardaba en hacerse hueco en nuestro país.

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Son los de ahora más “inteligentes” (disculpen por el insulto que ello conlleva hacia la gente inteligente, por eso lo entrecomillo) que aquellos de “brazo alzado”, pero el espíritu es el mismo, la semilla heredada y adornada de falsa reacción ante el “caos” que nos inunda, ofrece rápidas “falsas salidas” a los problemas. Pero, como apuntan gente más reflexiva, no es que ahora haya “camisas azules” hasta debajo de la cama; se nutren del desencanto de la masa, del desespero, de gente asqueada del “buenismo modernillo” en el que todo vale, mas que de pensadores y convencidos.

Contra ello lo peor es la confrontación, que los alimenta y les da alas, y el maniqueísmo de que toda idea que viene de su programa es fascista (calificativo que cada vez se usa más sin saber cuál es su real significado). Hemos dejado que se apropien de valores que deberían ser de todos, como el sentido de aprecio a sentirse español (a pesar de los pesares, uno de los mejores países donde se puede nacer…), o de ideas que son de común aceptaciónn por mucha gente de ideologías varias, como el reconocer que este sistema de las Autonomías “asimétrico” por culpa de malentendidos “derechos históricos”, no sirve hoy sino para que existan desigualdades entre españoles por el mero hecho de haber nacido en una u otra (lean sino lo que opina Manuel del Valle, socialista ejemplar).

Se debe obrar con inteligencia (esta vez sin comillas…), desarmándolos con ideas novedosas, no desempolvando viejas beligerancias que ya fallaron, ilusionando, no estigmatizando…tan fácil y tan difícil, pero otro camino no hay, o seguirán ganando terreno.

Misericordia jacobea

Corría el Año de la Misericordia.

Mientras esperaba en el hall del Hotel, la noche que caía, envuelta en el templado y húmedo ábrego, presagiaba un cambio de tiempo que traía olor a tierra mojada y a la ansiada lluvia. Lo que hubiera dado Michel por aquel prometedor aguacero que se cernía sobre Sevilla apenas un par de meses atrás…la vida misma.

Mientras esperaba a los compañeros que traían desde el aeropuerto a aquella familia de tierras valonas, recordó lo vivido desde aquella tarde plomiza de Septiembre. “La Plata la hizo Santiago para probar al peregrino”, le gustaba pensar, pero aquel año el sempiterno calor sureño alcanzó un punto de no retorno en los termómetros: hacía muchos días que las noches no refrescaban y un calor, como de caldera de viejo barco, convertía el aire casi en mantequilla.

Andar bajo ese sol es temerario, pero el peregrino contadas veces da un paso atrás. Una extraña fuerza se lo impide, la misma que, desde siglos, le guía siempre  hacia el Oeste, hacia la soñada Compostela…y hay un precio a pagar por ello.

Michel era experto, bragado jacobípeta en muchos caminos, templado por el viento y la lluvia de su Bélgica natal, pero ajeno seguramente a las temperaturas que la Sierra Norte y la campiña sevillana podían alcanzar.

El teléfono sonó aquella tarde como una trompeta apocalíptica despertándole en la sombra fresca de una casa cerrada, a cal y canto, como única defensa del mortífero solano:

  • Acaban de avisarnos…ha muerto un peregrino.
  • ¿Dónde?
  • En la subida al Calvario…

…Y el tiempo se paró…tantos recuerdos en ese lugar…

El desconcierto inicial generó prensa “amarilla” a raudales: que si iba solo, que si se la jugó a horas intempestivas, que era germano…

Contactos rápidos y operativos con esos “olivillas” del benemérito cuerpo que guardan nuestros Caminos aclararon circunstancias y sonó un nombre…Michel.  La Asociación de Sevilla se puso manos a la obra y ofreció al consulado belga lo poco o mucho que tenía…su hospitalidad para con la familia.

Fue todo tan rápido que en apenas unas horas la burocracia, en esta ocasión efectiva,  se había puesto en marcha repatriando el cuerpo del caminante sin haber podido hacer nada más por él ni por los suyos.

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La tradición obliga…el caminante lo lleva en la sangre…el Santo Peregrino debía ser recordado, como mandan los cánones jacobeos…enterrar a los difuntos. Los compañeros fueron unánimes y la Asociación de Sevilla acordó perpetuar su recuerdo en el lugar donde cayó; sin embargo, los intentos de contactar con la familia resultaban infructuosos.

Pero el Santo, poco acostumbrado a estos gestos que se van perdiendo entre el inconsciente colectivo de muchos “andarines” que llegan a Compostela sin haber sido peregrinos siquiera un instante, no podía dejar a uno de sus elegidos así: a punto de desechar el homenaje, les comunicaban que la familia llegaba a Sevilla para asistir en la fecha señalada…adelante, más allá.

Y aquí se encontraba, aguardando, impaciente y tenso por las posibles dificultades con el idioma, y por la incógnita sobre el estado de ánimo de la familia estando tan reciente la pérdida.

Llegaron en silencio: su hermano Jacques, su hijo Benjamín y la pareja de este último, Virginie, y, pasadas las presentaciones, Benjamín fue directamente a la herida, preguntando en un francés cerrado: ¿Cómo murió mi padre?

Le relató lo hechos; como el Santo le puso como compañera casual a una peregrina belga que lo asistió en el terrible momento, que fue rápido y fulminante, y como llegaron a él los equipos forestales. Y, de repente, Benjamín rompió a llorar…era la primera vez que oía como había ocurrido todo.

Sabiéndolos bien atendidos por el siempre hospitalario personal del hotel(…dar posada al peregrino), se retiraron a descansar todos, cuando la lluvia comenzaba a brillar sobre los adoquines de las calles. El día siguiente sería duro… y no solo por el trayecto a recorrer.

La noche fue tormentosa y amenazaba con complicar el día en el que, a petición de los familiares, un grupo de peregrinos que los acompañaban y ellos mismos harían la última etapa de Michel. Al encuentro, en el lugar donde un pequeño monolito lo recordaría, llegarían otros más caminantes, autoridades y el Padre Luis que bendijera el lugar.

Inesperadamente la mañana se tornó casi primaveral y apacible, con un sol amigo que se agradecía. Mientras subía el Calvario por la vertiente del pueblo, meditaba sobre el contraste entre la luminosidad del día, que pintaba de colores la Sierra como en un cuadro impresionista, y lo triste de lo sucedido, y pensó que la muerte de un peregrino en el Camino nunca podría ser oscura y lúgubre, más cuando sucede a pleno día y en una situación intensa de vivencias, como el peregrino gusta y solo él comprende, duras muchas veces, pero siendo su deseo de caminante estar allí y vivir ese momento, libremente elegido…porque el Camino es libertad o no es nada…y el hilo entre el disfrute y el sufrimiento, entre la vida y la muerte, delgado y difuso.

Arribando al lugar, varias docenas de peregrinos aguardaban ya la llegada del grupo que avanzaba desde Castilblanco. La sencilla estela, aun tapada, recordaría su nombre y su gesta jacobea para siempre. Y llegó la familia y el resto de compañeros; hincando la rodilla en tierra, Jacques descubrió el pequeño monolito y, con serenidad increíble, permaneció orando unos segundos. Comprendió, con los allí presentes, que se cerraba el círculo del duelo, que era la despedida negada por aquella tarde inmisericorde de Septiembre…y no hizo falta más. Michel acometió aquella última cuesta hacia el albergue eterno bajo la luz brillante.

Corría el Año de la Misericordia.

IN MEMORIAM de Michel Laurent, fallecido el 4 de septiembre de 2016 en el Camino a Compostela

Michel Laurent

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