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Cabeza de Extremadura

Ahora que nos toca volver a nuestras olvidadas soledades como tributo al tiempo que nos ha tocado vivir, vuelvo atrás la mirada a un rincón espléndido de nuestra España “vaciada” …que, quien nos lo iba a decir, puede que sea la envidia en estos momentos.

Los encuentros jacobeos son de lo más enriquecedor que se puede vivir: compartir cultura, gastronomía, pasión por el Camino que nos une…ese nos hace ricos, no los billetes en el bolsillo.

Que cierto es que Castilla va por un lado y León por otro; unidos en una demarcación política autonómica, queda claro cuando las recorres que la Historia es la Historia y pesa mucho, y fragua sus personalidades propias, no comprendidas por la mayoría de los políticos actuales, que inventan artificiosos sistemas y falsas “identidades históricas” …pero ese es otro tema.

Capitel Monasterio San Juan de Duero (Soria)

Hace ya dos años casi…y seiscientas y pico de noches, pero fue un viaje de lo más variado. Las tierras cidianas se abren en amplitud, sin prisas, sin límites…leyendas tangibles que nos dejaron los relatos se enseñorean en los muros de sus castillos que resisten el paso del tiempo y el olvido del hombre.

Así nos recibía Castilla, a las puertas de Soria. La ciudad, pequeña y familiar, con aromas de Machado por cada esquina, nos mostraba la curva del Duero, asentadero de ermitas y monasterios con ecos becquerianos. A la mañana siguiente, de San Onofre a San Juan de Duero, el espíritu del alma tranquila se apodera del caminante…y fiesta, risas con los amigos, buena comida en cada taberna…sus torreznos…cosas en apariencia frugales, que hoy son oro molido.

La tarde nos deparaba la visita más épica al solar numantino: se pisa tierra de héroes, donde se aprende el valor de lo propio y el valor. La historia merece una página más que principal, ajena a manipulaciones interesadas (en especial las políticas…): cuando pocos se enfrentan a muchos, eso gusta a los Dioses.

Casa de Calatañazor (Soria)

La despedida fue en el Burgo de Osma, ciudad que reposa sobre la riqueza de un legado histórico de cultura y monumentalidad que le da la serenidad de una dama noble que ha vivido una vida placentera. Tras el almuerzo la despedida, pero aun restó tiempo para la última visita legendaria…Calatañazor. Tambores de Almanzor aparte, la población es un nido de águila anclado en el tiempo, con todo el regusto medieval que la hace adorable para los frikis de la Historia.

Y no quedaban ahí los disfrutes. De regreso, en las profundidades del territorio burgalés, donde el Arlanza riega sus campos, duerme una princesa nórdica, roto el amor que hasta aquí la trajo, pero vivo en la memoria del pueblo y de sus nórdicos compatriotas que hasta su tumba peregrinan. Covarrubias también “engancha” a todos los niveles, sobretodo por su tranquilidad y belleza; el Monasterio de S. Pedro cerrado en eternas obras por entonces, nos desvía a uno de esos encuentros casuales, que suelen resultar los mejores. En Quintanilla del Agua se esconde una joya de la cerámica como nunca habíamos visto: Territorio Arlanza. Felix Yañez reina entre sus casas de cerámica y su creatividad arrolladora: un artesano de los sueños imposibles.

Noche entre bodegas de buen vino, como la tierra cría, y ya de regreso al Sur una última parada en Silos. Su ciprés encierra todos los silencios del mundo, y cada tramo del claustro es una lección de arte y teología, de sabiduría antigua e historia. Cálidas piedras cargadas de fuerza, que contrastan con la frialdad de la iglesia de la Abadía benedictina, pero una visita de la que se aprende más que en muchos libros. Tierras duras pero cálidas en su acogida, frontera del “extremo más duro” durante siglos, pero permeable al cruce de culturas como pocas. La España vaciada de gentes, pero también de prisas y de superficialidad, más auténtica más profunda…a valorar ahora más que nunca…otra vida es posible.

Los leones de Sibenik

Cuando estudiaba la honorable (otra cosa es que en el ejercicio de la misma se desbarre…) carrera de Derecho, la asignatura de Internacional fue mi preferida. Coincidió por aquellos años con la terrible guerra de los Balcanes: el mundo se giraba hacia una Yugoslavia que, aparentemente, permanecía inmutable desde la época del Mariscal Tito, como asegurando unos cimientos de barro que habían sido germen de la I Guerra Mundial y que volvían a caer bajo el peso del nacionalismo más radical. Descubrimos así  la Gran Serbia, los chetniks, las milicias croatas, los sufridos bosnios…heroicas resistencias, espeluznantes masacres, malos de opereta, y políticos armados tan solo de buenas palabras que chocaban con la bestialidad de una guerra cruel como pocas. Mediluce escribía “El amor armado”, y los más criticos nos alineabamos con su filosofía.

Un país, o muchos más bien, lejanos y exóticos a la vista del acomodado europeo, por su cerrazón heredada del Telón de Acero, y sus mezcla de culturas católica, musulmana y ortodoxa . Los giros de la vida, décadas después, nos situaban ante unas encorsetadas vacaciones con destino incierto, y la palabra “Balcanes” apareció libre en la agencia de viajes: como es habitual las playas de la costa dálmata trataban de seducir al turista…pero el viajero va más allá y los recuerdos afloraron a borbotones de nombres recordados…Mostar, Sarajevo, Sebrenitza…había una elección que  contemplaba ese destino tan, aparentemente, inquietante y gris,  si no oscuro…y allá fuimos.

El avión parecía hacer equilibrios sobre un cable invisible aterrizando en Dubrovnik. Croacia nos recibía con la mejor de sus caras: algo masificada pero hermosa, con ecos cinéfilos de Desembarco del Rey, la ciudad se nos aparecía colgada del medievo más resplandeciente cuando bajo el mando de su “serenísima majestad”, el comercio y su estratégica situación la enriqueció y dotó del alma que aun transmite. La guerra de mis recuerdos parecía no haber pasado por allí, de no ser por la sala del palacio ducal dedicada a los defensores de la ciudad…remember.

Esa palabra alcanzaría su sentido real al día siguiente, mientras nos adentrábamos en Bosnia Herzegovina y nos perdíamos en las callejas de la ciudad vieja de Mostar. Nada que ver con lo imaginado; el día, ayudado del radiante de sol, la animación de las calles, el buen recuerdo que nuestros soldados dejaron allí, junto con su sangre, en defensa del más débil… Esplendor otomano, jardines-cementerios de resistencia numantina, zoco de arte y vida a raudales. Ya con la noche llegábamos a Sarajevo.

La ciudad lucia con la alegría del que sabe apreciar lo que tiene, y valorar lo perdido. La avenida de los francotiradores, con su bullicio de tráfico, parecía no haber vivido peores tiempos salvo por los todavía visibles orificios de proyectiles de todo tamaño. hasta el icónico Hotel Holiday Inn, reducto de los sufridos reporteros de geurra que nos llevaban la guerra en directo a nuestros telediarios, tiene una chapa y pintura que lo hacían irreconocible. La vida y la convivencia relucían por doquier; la biblioteca, recrecida sobre siglos de sabiduría, volvía a levantarse orgullosa de su pasado y sentido de la convivencia…y la simpatía de sus gentes por encima de todo.

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Regresábamos a Croacia, a la ciudad de Split, con las calles tortuosas horadando el antiguo palacio de Diocleciano y su mausoleo, digno de una última cruzada, entre venecianos, bizantinos y turcos. La perla de la costa dálmata, a nuestro entender.

Camino de Zadar, una parada en Sibenik que sabe a poco. La Catedral de Santiago, custodiada por sus leones, resaltaba sobre un casco urbano pequeño pero interesante, con sus murallas acariciando el puerto…esas joyas del Adriático  que parecen menores y ocultan su valor a los no iniciados.

Zadar al atardecer, con su órgano marino, parecía agarrarse a su impostura de tiempos perdidos del Imperio Austro-Hungaro. Y al día siguiente Plivtce, con sus centenares de lagos, quizás excesivamente explotada, a pesar de lo cual sobrevive en su hermosura a este maldito turismo masivo y maleducado que le da igual estar allí que en una piscina municipal.

Los días se pasaban rápidos y ya apenas Zagreb nos quedaba. Capital cosmopolita y moderna, con su Iglesia de San Marcos, y su tejado de tarta de cumpleaños, y la encantadora luz de gas bajo la tormenta que en torrenteras parecía querer tragarse Gornji Grad en la noche. Inolvidable paseo con la ciudad solo para nosotros.

Y al final el contraste de Slovenia, rica y populosa, resguardada por sus montañas y por los dragones que, cuenta la leyenda, protegen Ljubljana y su puente, parecía sacada de un calendario. La última noche en Opatija, envuelta en su glamour decadente, antes de regresar a casa, nos dio para reflexionar como la vida se abre camino, como la historia mil veces repetida, porque no aprendemos de ella, no puede sepultar las ganas de salir adelante del ser humano que resiste, como los leones que guardan Sibenik, al paso de los malos tiempos. Fascinantes Balcanes, lección de historia.

Arquitectura natural

En la historia de la humanidad, de las civilizaciones, hay hombres que alcanzan tal grado de magisterio en sus obras que,  por más que se insista en el tópico de que el ser humano no deja de avanzar, marcan un grado de inflexión y perfección que ese avance, en comparación, parece inexistente.

No dejo de maravillarme cuando paso por Barcelona y contemplo sus obras. El Modernismo trajo una orden ecléctico a toda una época, en la que se aunaron modernidad y bagaje histórico, obra del hombre y de la naturaleza, recuperación y reciclaje de estilos y materiales. Gaudí, Espiau…Arquitectos (si, con mayúsculas) que crearon una forma propia de entender la realidad, aunando espacios con gusto y acogedores, de engarzar con armonía el medio natural y la obra del hombre, y de sorprender en cada diseño.

Soy “de Letras” pero creo que esa cumbre arquitectónica con un reconocimiento tan universal, desde el  ciudadano menos formado hasta el más cultivado, que hace que todos nos asombremos y admiremos, no ha sido superada casi un siglo después.

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