Romero solo

Escribiendo, en estos tiempos tan inciertos, miras atrás y todo se relativiza: problemas, sueños, añoranzas…y las vivencias auténticas se refuerzan, nos parecen “pecata minuta” los obstáculos que se nos interpusieron con ellas. Los caminantes estamos acostumbrados a ello: el Camino es buena escuela de superación de tantas piedras como aparecen en senda vital de todo ser humano. Porque es habitual que las obligaciones laborales y responsabilidades familiares hagan que el “peregrino constante” tenga que superar y engranar vicisitudes para lograr escapar a ese Camino siempre cercano en el alma, pero a veces lejano en la realidad de la vida que llevamos.

Ese “lamento”, tan conocido por el caminante, arrastraba yo. Muchos suspiros en estos últimos años alejado de él, pero todo llega…que el Santo no es milagrero, pero ayuda al peregrino…y allá que a mediados de mayo del “feliz 2019” subía al autobús hacia Salamanca, donde había dejado mi camino platero tres años antes… ¿o quizás fueran más en el sentimiento?, pues cambiante es el mundo siempre, pero en estos tiempos con más celeridad. Bajarse del bus en tierra charra y desbordarse los sentimientos fue todo uno: cuantos anhelos y dificultades…pero allí estábamos, por fin, bordón en mano.

Salamanca, siempre acogedora, vibraba populosa de gentes, pero el peregrino, que debe preparar cuerpo, mente y espíritu por igual, busca el rincón sereno en los albores de la partida para revisar estos puntales tan fundamentales; y allí que encontré abierto San Marcos, con su Cristo románico colgado del tiempo, en la salida histórica de la ciudad antigua. Sopa castellana para caldear el aire que esa noche anunciaba el frio que vendría en las próximas jornadas, y a soñar con el “Campo de Estrellas”.

Al despertar, la mañana fresquita y soleada despereza la ciudad y abre sus puertas al campo castellano. Largos, rectos e interminables tramos se abren como surcos en la tierra, salpicada con algún bosquete y pequeñas poblaciones que se suceden sin apenas compañeros de viaje, hasta llegar al final de la jornada a Calzada de Valdunciel. El coqueto y acogedor albergue municipal nos cobija a una “pequeña ONU”: italiana, neozelandesa, español…y la misa de la tarde, en la más que cuidada Iglesia, nos presenta a todo el pueblo en una de esas escenas, congeladas en el tiempo, que aun reúnen a los vecinos en torno a la despedida del parroquiano difunto, y que nos sitúa casi al mismo nivel de protagonismo, pues la indumentaria delata que nuestra presencia es más que ajena, y novedosa, al evento.

Ruinas del Castillo de Castrotorafe (Zamora)

Las largas rectas vuelven a romper la mañana, y un pequeño arcoíris enredado en una percha de riego da color al reseco paisaje de cereal y tierra áspera. Así llegamos a El Cubo de la Tierra del Vino, en plena festividad de San Isidro, lo que nos concede la oportunidad, al atardecer, de vivir una escena digna de ser narrada por Machado: la modesta procesión del Santo sale de la Iglesia, “Casa de Dios y Puerta del Cielo”, como reza en el dintel de su puerta, y se adentra en los campos, seguida por los devotos y algunos peregrinos, para bendecir la tierra en un rito probablemente de reminiscencias celtiberas, que enlaza con nuestro mozárabe Santo. Un lujo para el alma presenciar esta celebración, casi congelada en los siglos.

La cena al atardecer reúne a un grupo heterogéneo que alegra la mesa y da calor a la soledad que, a veces, en la Plata, nos acucia como la melancolía al eremita que, sabiendo que elige una vida de esfuerzo, seguramente echa de menos, al menos de cuando en cuando, la compañía humana.

La vivencia compartida da al amanecer un color más acogedor, a pesar del frio que, inexplicablemente, se va haciendo más presente día a día como si entráramos en un invierno tardío. El Camino, para los peregrinos hispalenses, tiene en esta jornada un componente especial, pues bordea el pequeño pueblo de Peleas de Arriba, que vio nacer a Fernando III El Santo.

La llanura verde comienza a ascender levemente, como olas que se encrespan, hasta la bajada repentina al Duero, que cerca Zamora y la esconde como el pez al anillo del Obispo Atilano, como nos recuerda su monumento en la margen del rio. La siempre cuidada y armoniosa ciudad nos lleva hasta Santa Lucía cuando el reloj de sol de su fachada marca algo más del mediodía. “Ser en la vida romero…que cruza por caminos nuevos”…los versos de León Felipe parecen hechos a medida para su tierra zamorana: vagar por sus calles mientras llega la hora de abrir el albergue no se hace ni largo ni pesado en el ánimo, al contrario; el rosario de iglesias y callejas te envuelve en un limbo de tranquilidad, belleza y sosiego…San Cipriano, Santiago del Burgo, San Juan de Puerta Nueva…Zamora es ciudad de inicio también, y eso se nota en el albergue completamente lleno, pero acogedor por la edificación tan bien distribuida y el buen hacer de sus Hospitaleros Voluntarios.

Cerca de tapial tradicional, en las cercanías de Tábara (Zamora)

Al caer la tarde, pasando por la Casa del Cid, me dirijo a una de mis iglesias preferidas. Semioculta entre las casas del arrabal y los árboles está Santiago el Viejo, donde el Campeador calzó espuelas: la primera vez sentí la necesidad de descalzarme para entrar, tal energía sentía exhalar a sus muros cargados de historia; las figurillas de los capiteles te sonríen e invitan a quedarse y meditar o simplemente escuchar tu respiración…tareas muy peregrinas todas, dicho sea de paso.

El batiburrillo de peregrinos se ordena para la cena comunal y el sueño reparador. La mañana clara nos guía, tras atravesar las murallas y dejar atrás la bifurcación hacia el interesante (y desconocido) camino platero portugués, a Roales del Pan. La localidad, con su moderno cruceiro y área de descanso para el peregrino, es lo único que romperá la monotonía hasta llegar a Montamarta, y el cambiante cielo, que se oscurece en los albores de la tormenta y enfría aún más el aire de la llanura.

El albergue, cómodo pero distante de la población, es batido esa tarde por los cuatro costados por una lluvia torrencial, tras la que amanece una mañana soleada. Atravesamos Ricobayo por el lecho del embalse, vaciado por la pertinaz sequía, y se nos abre una jornada de impresionantes ruinas ilustres, empezando por el Castillo de Castrotorafe, digno de ser cantado por el mismo Tolkien, o el Monasterio cisterciense de Moreruela, de dimensiones tan magníficas que será en su caserío de Granja de Moreruela donde encontraremos albergue y hospitalidad esa noche.

Saliendo por la mañana dejamos al frente el Camino platero para mejor ocasión, y tomamos a la izquierda por el Sanabrés. El cambio de paisaje se hace notar ya en los colores que se acentúan y multiplican anunciando territorios más serranos, y el Puente de Quintos, sobre el impresionante Esla, nos abre la puerta hacia el noroeste compostelano.

Y llegamos así a Tabara, al antiguo scriptorium de Beatos del desaparecido monasterio, por sendas que serpentean entre ramales ferroviarios que, como los antiguos dragones de los pergaminos que allí se pintaron, amenazan con su sola presencia la senda jacobea, y que tendremos que “vigilar” entre todos pues de todos es el Camino.

Tábara nos acoge y nos despide con la misma calidez: a unos hacia el Aliste y la Sierra de la Culebra, a otros de vuelta a casa, que el tiempo del gozo llega a su fin. Parten de mañana los peregrinos, y yo, solo con mi cayado, espero el autobús, como fuera de sitio, y recuerdo los versos del poeta del pueblo “Para mi el bordón sólo del romero…Yo quiero el camino blanco y sin término”

Acerca de Camaro

Caminante, cofrade...Cultura y Naturaleza como "nortes": camina viajero, camina, que el agua estancada se corrompe y el oro en el fondo de la mina no vale nada

Publicado el 2 mayo, 2021 en Jacobeo, Viajes, Vida. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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